Hace un par de semanas participé en una experiencia bastante enriquecedora que, tomando como excusa el bicentenario de la publicación de la obra cumbre de Mary W. Shelley, organizó la Amparito. La iniciativa que llevaba por título Cómo conocí a Mary Shelley, consistía en una charla-coloquio en torno a Frankenstein y su autora en la que cada participante hablaría sobre la novela y/o la escritora relacionándolas con  sus propias inquietudes e intereses. Allí nos encontramos Silvia Fernández, Marina Rey, Carlos López, Amparo Cuenca y el aquí firmante. Y mientras que el feminismo, el cine, la novela gráfica o el contexto creativo fueron las temáticas elegidas por mis compañeros de mesa, un servidor se decantó por la ciencia.

Es por ello que aquí les traigo a modo de acta algunos de los puntos que fui desgranando en aquella charla. Esperando que les guste y dando las gracias a todos los participantes, asistentes y organizadores, empiezo con mi pequeño homenaje científico-literario.

 Apunte inicial…

Cabía esperar que Frankenstein o El moderno Prometeo, considerada la primera novela de ciencia-ficción, un género que ha ido creciendo en estos doscientos años, tuviera referencias al mundo científico, pero lo cierto es que, conforme me adentraba en ella, observé que no sólo el contenido, sino también el contexto y las fuentes de inspiración se podían enmarcar en la ciencia y sus derroteros. Es así como dividí en esos tres niveles las referencias científicas de una de mis novelas favoritas.

Una atmósfera propicia. Geología y climatología.

Algo que debemos tener claro todos los lectores de Mary Shelley es que Frankenstein no hubiera visto la luz si “el año sin verano”, uno cargado de temperaturas gélidas y lluvia, no hubiera acontecido.

Durante el 5 y el 10 de abril de 1815, el monte Tambora, un volcán situado en Sumbawa, en el archipiélago indonesio, entró en erupción arrojando a la atmósfera inmensas nubes de material procedente del interior terrestre. Millones de toneladas de cenizas volcánicas y otras tantas de dióxido de azufre quedaron en suspensión en la atmósfera y dieron la vuelta a la Tierra en dos semanas. Este velo de partículas cubrió el planeta y reflejó la luz del sol, enfriando las temperaturas, atmosférica primero y  oceánica después, haciendo que 1816 pasaría a ser uno de los años más fríos conocidos. Las nieves cubrieron buena parte del hemisferio norte hasta bien entrada la primavera y las bajas temperaturas echaron a perder las cosechas. Con este panorama se calcula que más de 90.000 personas murieron como consecuencia directa e indirecta de la erupción de este volcán, una de las más grandes de la historia documentada.

Pero este año sin verano no sólo trajo ruina y miseria, sino que propició un clima adecuado para engendrar a la “criatura” de una Mary Wollstonecraft (en aquel tiempo Godwin) que cruzaba los montes Jura hacia Ginebra bajo “grandes copos de nieve, espesos y veloces”. A orillas del lago Lemán, pasó junto a su amante, su hermana y otros dos amigos una estancia gris, lúgubre y plomiza, en la que la mayor parte del tiempo llovió. “Los truenos estallaban de forma aterradora sobre nuestras cabezas”, anotó Mary mientras pensaba en su historia de fantasmas.

William Turner. 1817-1820. La erupción del Vesubio.

Infundir una chispa de vida. Dos puntos de partida y una incógnita.

Como cualquier otra novela de ciencia-ficción, su autora se basó en dos descubrimientos en materia científica de la época.

En primer lugar hay que citar los experimentos de Luigi Galvani sobre la naturaleza eléctrica del impulso nervioso y la contracción muscular alrededor de 1780. El fisiólogo y físico italiano, tras descubrir de manera fortuita que al aplicar una pequeña corriente eléctrica a la médula espinal de una rana muerta, se producían grandes contracciones musculares en los miembros de la misma, comenzó a divulgar este hecho en diversas conferencias, animando a reproducir estos experimentos una y otra vez. A ello se uniría Giovanni Aldini, su propio sobrino, cuando en 1803 empleó la electricidad para animar los miembros de George Forster, un criminal ejecutado en Londres, y hacerlo bailar la llamada “danza de las convulsiones tónicas” ante una audiencia horrorizada.

Es así como la “electrogenesis” daría lugar a foros de discusión y controversia en toda Europa y parte de América, de los que no sólo participarían científicos reputados como Alessandro Volta, sino que también se harían extensibles a otros ámbitos, léase el grupo de amigos que pasaron ese frío verano en Villa Diodati hablando de “la naturaleza del principio vital”.

Y es que no debemos olvidar que estos cinco amigos pertenecían a círculos sociales de gran riqueza cultural. Tanto es así que Mary Shelley había asistido en 1814, a una conferencia de Andrew Crosse, un estrambótico experimentador que había transformado su propiedad campestre en un gran laboratorio eléctrico, también conocía los trabajos de William Nicholson y Humphry Davy, pioneros de la electricidad en Gran Bretaña y amigos de su padre, y que leía el Elements of Chemical Philosophy del propio Davy, del que integró algunas frases en el discurso del Dr. Waldman, el profesor de Víctor Frankenstein, en su novela.

En segundo término debemos hablar de la “resucitación cardiopulmonar”, una técnica precursora de nuestra reanimación cardiopulmonar que vio la luz a finales del siglo XVIII y con la que Mary W. Shelley estaba familiarizada. Primero, porque antes de que ella naciera, su propia madre, Mary Wollstonecraft, había sido reanimada tras intentar suicidarse arrojándose al Támesis. Y segundo porque uno de los reanimadores más conocidos, el médico escocés James Lind, fue mentor y una gran influencia para Percy Shelley durante sus años escolares en Eton.

Ante estas dos claras influencias en la concepción de Frankenstein, hay que llamar la atención sobre una tercera más controvertida, la figura de Johann Conrad Dippel. A pesar de las enormes coincidencias entre la figura del Dr. Frankenstein y este alquimista alemán de quien se cuenta que robaba cadáveres para reanimarlos con una poción de su invención, que nació precisamente en el castillo de Darmstadt (el de la novela), no se sabe con certeza si Mary se inspiró en su figura ya que, a pesar de estar documentado que ella y Percy visitaron el castillo en 1814, nunca quedó reflejado en su diario de viaje.

Cotejado o no, el caso es que todas estas coincidencias científicas nos revelan como Mary Shelley pensó en una criatura “fabricada, ensamblada y dotada de calor vital”.

 

Los pilares científicos del discurso

Llega el turno a las interpretaciones que unos y otros hacemos de la novela y su relación con algunos aspectos de la ciencia. Aunque podemos relacionar Frankenstein con varios temas afines como la medicina regenerativa, los trasplantes de órganos, las patologías psiquiátricas (fíjense en ese Dr. Frankenstein obsesionado y enajenado), la ciencia forense, la tanatología o las patologías deformantes (recuerden el concepto quimérico de los monstruos), me he querido centrar en los tres pilares más obvios y contrastados: el científico y su universo, la ética científica y la exclusión competitiva.

Como cualquier otra obra de ciencia-ficción, esta recoge la figura de un científico que se debate entre lo personal y lo profesional. Víctor Frankenstein es un hombre de extremos cuya obsesión le lleva a una carrera a contrarreloj para alcanzar una gloria que tiene más que ver consigo mismo que con lo filantrópico. No obstante y teniendo en cuenta el panorama de la sociedad científica de la época y las grandes figuras que, como Benjamin Franklin, la abanderaban (de hecho Immanuel Kant le dio el apelativo de “el moderno Prometeo”) se intuye en la obra de Mary Shelley cierto deje hacia el progreso, es decir, el científico deja entrever los fines sociales de su obra buscando un utilitarismo manifiesto en ella a pesar del supuesto tono egocéntrico que prima en su figura. Sin duda es un debate en el que cualquier científico de ayer y hoy se ve inmerso.

Lo mismo sucede con la ética científica. Es así como el Dr. Frankenstein sufre una debacle interior al percatarse de que su toma de decisiones, en este caso científicas, tiene unas consecuencias nefastas e incontrolables, máxime cuando estas se relacionan con la creación de un organismo vivo capaz de sentir y pensar.

A mi juicio quizá sea el punto más interesante de la obra y que puede servir a científicos en ciernes a meditar sobre la causa y efecto de la Ciencia. Son pocas las personas de ciencia que no hayan entrado en el discurso de lo ético cuando se ven envueltas en la dicotomía moral. Véase la figura de Albert Einstein y sus encontradas opiniones sobre la construcción de bomba atómica antes y después de detonarla sobre Japón. Mientras que en un principio era partidario de su desarrollo, su visión cambió de manera rotunda cuando constató las nefastas consecuencias que tuvo sobre otros seres humanos.

En este punto y por hacer un apunte histórico específico relacionado con la bioética más académica, cabe destacar la inclusión de Frankenstein en esa pugna entre el mecanicismo y el vitalismo, dos corrientes que tuvieron profundas consecuencias en el pensamiento científico de la época por sus implicaciones de la definición de la vida y la muerte

Andy Warhol. 1980. Albert Einstein.

Por último debemos apuntar al carácter predictivo de Frankenstein, más concretamente sobre el “principio de exclusión competitiva”, un concepto nacido en 1930 que nos ayuda a entender la biología de las especies invasoras, pues nos habla de la competencia  por los recursos naturales entre especies diferentes que conducen a la extinción de una de ellas.

Esto se relacionaría con la escena en la que la criatura se encuentra con su creador y le solicita una compañera que mitigue su soledad. Además, el monstruo distingue sus necesidades dietéticas de las de los seres humanos y expresa su disposición a habitar en las selvas de América del Sur, sugiriendo exigencias ecológicas diferentes. El doctor Frankenstein accede inicialmente a la petición, dado que los seres humanos tendrían pocas interacciones competitivas con un par de criaturas aisladas, pero se arrepiente de su decisión después de considerar la capacidad de reproducción de las criaturas y la probabilidad de extinción humana

Punto y final

Frankenstein ha cumplido dos siglos, doscientos años de tantas cosas, que sigue siendo una obra imprescindible de la literatura, un espejo del mundo y, sobre todo, en el que contemplar nuestra humanidad.

Bibliografía

Jean Pietro Miscione. 2015. Las ranas de Galvani, la pila de Volta y el sueño del doctor Frankenstein. Hipótesis. Apuntes científicos uniandinos, 18: 54-65.
Mary Shelley. 2017. Frankenstein. Annotated for Scientists, Engineers, and Creators of All Kinds. Edited by David H. Guston, Ed Finn and Jason Scott Robert. Introduction by Charles E. Robinson. Essays by Elizabeth Bear, Cory Doctorow, Heather E. Douglas, Josephine Johnston, Kate MacCord, Jane Maienschein, Anne K. Mellor, Alfred Nordmann. 320 pp. Cambridge: The MIT Press.
Mary Shelley. 2018. Frankenstein. Ilustraciones de Elena Odriozola. Madrid: Nórdica Libros. 261 pp.
Beatriz Villacañas. 2001. De doctores y monstruos: la ciencia como transgresión en Dr. Faustus, Frankestein y Dr. Jekyll and Mr. Hyde. Asclepio, vol LIII-1: 197-211.

FUENTE: DONDE VIVEN LOS MONSTRUOS