En este mundo en que vivimos, basta con poner “lista de…” y google te quiere. Añade un número facilón, pongamos el 10, y google te adora y te posiciona porque la gente parece sentir la necesidad de buscar qué es lo mejor del año que finaliza, para ir poniendo cruces en lo hecho y asumir que lo que no hizo son las tareas pendientes para el año entrante. De hecho no hay más que ver los comentarios habituales diciendo, “me faltan 3…4…” como si fueran tareas pendientes. Sinceramente, a mi eso, no me va. Me niego a sentarme delante de los estantes que guardan los libros que he leído el aún presente año y preguntarme qué hice con mi tiempo si le faltan 2, 5 o 7 de esos fantásticos libros que Perenganito, desde Quintanilla de la Oreja, dice que son los mejores. O el ilustrísimo Sr D Criticón, lo mismo me da. De hecho, no me gustan las listas en general, y aún menos las que prometen colocarte los mejores libros de la semana, día, mes, año, década o lo que sea que se les ocurra. Y eso muchos de vosotros lo sabéis porque llevo tiempo desgranando libro a libro algunas listas de los sábados en twitter (en diciembre no lo hago porque con leer lo mejor del año una y mil veces ya tengo bastante). Desde aquí le mando saludos a mis queridos recomendadores, que este mes deben de estar sudando la gota gorda.

El caso es que tengo un problema, y es que parece ser que toda buena lista debe de ir con una medida de ingredientes que uno no se puede saltar.
A saber: ha de tener la mitad más uno de autores patrios, la mitad más uno de mujeres y la mitad más uno de editoriales pequeñas pero de nombre, de las cuales la mitad menos uno serán desconocidas. Incluirá por supuesto ese libro tan sonado que de repente parece adorar todo el mundo y que no es un novelón facilón, aunque suceda, como en el caso del año pasado, que el libro se haya publicado en el año anterior. Total, ¿quién se va a fijar en algo así? Se trata de que al menos en un libro, todo el mundo se sienta identificado con la elección y que de ese modo se mire al resto con buenos ojos justo antes de las compras Navideñas. A fin de cuentas y como explicaba, esto es una receta medida, y en las recetas uno no puede dejar nada al azar, que si empezamos con pellicos y pizcas la cosa termina por oler a quemado. Así que empecemos por el superconocido, y luego ya vamos colocando, los ensayos sobre todo que vayan repartiditos, que la cosa no está como para ponerlos del tirón. Pongamos, sin ir más lejos, uno en segundo lugar que se aproxime a alguno de los temas de moda, pero sin ser política directamente. Y a partir de ahí, si uno se fija, descubre que van saliendo algunos de los títulos que durante el año ya nos dijeron en sus promociones y fajas que serían los libros del año. De hecho, si comparamos listas, seguro que con no más de cinco, los tendríamos todos de una forma dispersa, como los adornos que se le ponen por encima a un postre intentando que no quede recargado. Llegados a este punto uno se siente en la necesidad de adorar a quienes dijeron de antemano qué libro sería el del año, como si en una bola de cristal se lo mostraran. Con todo ello, y para que la receta funcione, necesitamos un buen relleno. Y el relleno, en las listas, son los clásicos. ¿Quién no reedita un clásico hoy en día? Y qué bien quedan y lo socorridos que son. Combinan con todo y, en la mayor parte de los casos, los conocemos tanto que somos capaces de hablar de ellos sin haberlos leído.
Nos queda tener en cuenta que la gente recuerda mejor lo publicado en la última parte del año, que lo de los meses del comienzo, así que hay que alternar frío calor, y evitar aquellos que se sacaron para los meses de verano. Esos ya fueron consumidos, y aquí no se trata de piscinear. De las editoriales grandes, no olvidar meter uno de cada, o al menos en los grandes grupos, tener el criterio de elegir aquellas que son más mimadas por ellos y, si uno es un cocinero atrevido, corone su lista con un libro de correspondencia literaria y tal vez otro de poesía. Nada de youtubers o tuiteros o similar, por supuesto. Ni bestsellers, terror, ciencia ficción, distopías y cualquier cosa que suene similar. Estos ingredientes podrían estropear la receta perfecta que conforme a todo el mundo.
Y es que a mi todo esto, al final me acaba recordando al anuncio de este año de Nespresso en el que al pobre George Clooney se le cae una gota de café al suelo, y le riñen todos los intermediarios que han permitido que le llegue el café.

Otra cosa curiosa que tienen estas listas de fin de año, es que caducan, como el roscón de reyes o las torrijas. Y, aunque no te agraden demasiado, al año siguiente casi ni lo recuerdas y vuelves a ello, pero en cuanto lo tienes delante y ves las frutas escarchadas ya arrugas la nariz. Y es que hay nombres que se repiten una y otra vez en ellas, como si se tratase de alguna superstición antes de las campanadas; como eso de poner oro en una copa o llevar ropa interior de tal o cual color. ¡O comer las uvas!… sin atragantarse, claro. Y yo los leo y me pregunto si más que ponerlos en las listas de tareas para el año que viene, no deberían de airearse un poco. O tal vez sea que son como trufas, que para encontrarlas… en fin, que es complicado y no apto para todos. Eso será, sí.

Total, que me interesan poco los mejores libros y mucho los que más han gustado a otros lectores (o los que menos, la curiosidad es lo que tiene, que no siempre se mueve por los cauces más tranquilos), y esos si que me gusta leerlos y comentarlos y descubrir, o no, una lectura diferente a la que yo hice. Pero… ¿los mejores?, ¿comparado con qué? ¿de entre cuántos leídos para poder hacer esa selección? Porque lo mejor de un montón no ha de ser necesariamente bueno, todo depende del montón del que se saque.

Y vosotros, ¿cuál ha sido vuestra mejor lectura este año (sea su año de publicación el que sea)?

Gracias.

FUENTE: Entre Montones de Libros